jueves, 17 de julio de 2025

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La importancia de contar nuestras historias

 Contar historias es inherente a los seres humanos; lo hemos hecho desde el principio de los tiempos y lo hacemos a través de cada historia publicada en nuestras redes sociales. Las contamos de manera natural, donde sea, todo el día, todos los días, de diferentes maneras, desde siempre y para siempre. Necesitamos contar historias porque somos seres biológicamente sociales diseñados para comunicarnos.

Las historias informan, iluminan, inspiran, nos hacen actuar y conectar con otros; nos enganchan en todo nivel: en la mente, en las emociones, en valores y en la imaginación. Aplicado en el ámbito profesional, el contar historias es una poderosa herramienta persuasiva y de narración, utilizada para alcanzar objetivos específicos; a la que le llamamos storytelling.

El stotytelling es una herramienta versátil e indispensable cuando hablamos de negocios, organizaciones, change management, liderazgo, ventas, presentaciones, conferencias, advertising, diseño, etc. Es un tema extenso y es necesario comprender su relevancia y sacarle todo el partido posible a nuestra capacidad innata de contar historias.

Imagina que tienes que preparar una conferencia. ¿cómo lograrás que las personas recuerden lo que has dicho una vez que dejan la sala?

1. Recuerda que vas a hablar para compartir, no para brillar.

2. Utiliza el poder de las historias, sus estructuras y patrones.

A continuación te comparto algunas recomendaciones generales y de storytelling, a la hora de hablar en público.

1. Ubica el contexto en el que vas a narrar tu historia y conecta

Preparar una presentación para presentar en un auditorio lleno de universitarios, es diferente a presentarlo a un grupo de ejecutivos de un corporativo. En algunas ocasiones estarás en una sala silenciosa donde serás escuchada con cautela y en otro estarás en medio de un sinnúmero de distractores (para ti y para tu audiencia). Podría suceder también que la hora que te asignaron para presentar será justo después de comer (y además hace mucho calor, así que ya te imaginarás). Estar muy consciente del contexto te da la oportunidad de preveer algunos posibles distractores, irregularidades o imprevistos y podrás sentirte más segura.

Por otro lado ubicar a tu audiencia te permite encontrar un punto de conexión, afinidad o interés en común que puedas convertirlo en una historia relacionada al tema que estas punto

de presentar para atraer su atención. Ponte en su lugar ¿Qué conexión podrías tener con un auditorio lleno de universitarios? Haz el esfuerzo y recuerda que tu también tuviste 19 años.

Poco a poco irás desarrollando la destreza para adaptar un mismo mensaje a diferentes contextos e incluso te sentirás cómoda improvisando.

2. Define el objetivo que quieres lograr con tu narración

Sea cual sea el contexto, el objetivo primordial de una presentación es atraer la atención, mantener el interés, inspirar y motivar a la audiencia hacia una acción determinada.

Esa acción se refiere a los objetivos particulares que deseas lograr ¿Quieres que inviertan en tu proyecto? ¿deseas captar voluntarios en las universidades? ¿quieres inspirar a otros a sumarse a tu causa? ¿quieres hablar de tu marca para abrir nuevos canales de venta?

No pierdas de vista cuál es tu objetivo máximo; pues será tu brújula y también te irá ayudando a dictar la pauta de tu guión.

3. Recurre a los oradores que te inspiran

Todos tenemos oradores favoritos, desde speakers de TedTalks, hasta Standuperos. Recurre a los que han logrado mantener tu atención y te han inspirado, pon atención en sus líneas iniciales y en el remate de su speech. Detecta a cuántas historias personales recurrió, en qué momento de su presentación lo hizo y qué estructura utilizó. Detente unos momentos y piensa ¿qué recuerdas de su presentación? ¿cómo y por qué te inspiró? ¿qué provocó que lo recordaras? ¿por qué le recomendarías esa misma presentación a alguien más? Puedes formularte las preguntas que tu necesites.

Es importante por dos motivos principales: 1. Si cada vez que ves una presentación te enfocas en el “cómo lo hace”, verás que irás desarrollando un know how de manera intuitiva y 2. Porque escuchar otras historias expande nuestra mente, nos ayuda a ampliar los horizontes y nos reta a rebasar nuestros propios límites y perspectivas personales. Simplemente nos hacen ver más allá.

4. Conócete, ubica tus debilidades y recurre a tus fortalezas

Sentirte cómoda al estar frente a una audiencia es indispensable. Ya sea que tengas talento nato para hablar en público o que seas buena para improvisar, lo importante es conocer tus fortalezas para utilizarlas a tu favor. Recuerda que tu fortaleza también se puede convertir en tu debilidad, si no la enfocas correctamente.

Si te gusta explayarte, deberás tener cuidado de no desviarte de tu objetivo principal y apoyarte de un guión muy puntual. Si eres gracioso por naturaleza, querrás hacer reír a tu audiencia, pero no desearás que se confundan y no entiendan de que trató tu ponencia. Si eres muy tímido y hablas poco, apóyate de buenos gráficos.

Todos tenemos fortalezas distintas y podemos crear un estilo único para contar historias. Piensa en esos puntos que te sean cómodos, rompe el hielo y rompe también algunos protocolos de lo que “debería ser”.

5. Ni tan tan, ni muy muy

Aún si eres un as para los datos estadísticos y manejas la teoría como un experto, corres el riesgo de aburrir a tu audiencia en dos segundos si basas toda tu presentación en datos duros. Si tienes talento nato para el romanticismo y conmueves hasta al más renuente de tus amigos, tampoco puedes abusar, no quieres que tu audiencia sienta que no les aportaste nada relevante.

Todo se trata de balance. Emoción balanceada con la cantidad exacta de información, porque los datos persuaden, pero una buena historia nos impulsa a actuar. Lo que sea que quieras decir puedes envolverlo en una historia fácil de relatar y comprender; sí las grandes ideas se simplifican pueden adherirse en la mente más fácil. Necesitas informar, sorprender y deleitar para que la audiencia piense y sienta.

Haz buen uso de los recursos que te gustan para hacer una presentación atractiva: videos, canciones, fotografías, etc, Y si tienes una gran idea, pero no sabes cómo aterrizarla, busca ayuda. Tu presentación dice mucho de ti; eres auténtica, exprésalo.

6. Las mejores -y peores- maneras de comenzar una presentación

En el libro “Stories at work: unlock the secret to business storytelling”, de Indranil Chakraborty nos revela cuales son las 3 peores y las 3 mejores maneras de comenzar un discurso:

Las peores: 1. Agradecer a las personas que te han invitado y expresar agradecimiento por la oportunidad de dar tu presentación. 2. Carraspear con la garganta, probar el micrófono, preguntar si te escuchan, probar algunasslides de la presentación…3. Presentarte y mencionando el tema del que vas a hablar.

Indranil explica en su libro que formamos una opinión de una persona en los primeros 7 segundos de su presentación; a los 25 segundos ya sabemos si nos interesar escucharla o no. Los primeros segundos son clave para enganchar a nuestra audiencia. Guarda los agradecimientos para el final, prueba la presentación antes de iniciar y no te presentes repetidas veces, si la audiencia está ahí, sabe quién eres.

Las mejores: 1. Comienza creando un escenario, arranca con la palabra “Imaginen…” 2. Da un dato o hecho que provoque “shock”, 3. Inicia con una historia (que esté relacionada con el tema principal de tu speech).

Si los incitas a crear escenarios mentales, estarás fomentando una atmósfera en la que todos se ponen en la misma sintonía para seguir el ritmo de la historia.

7. Todo lo que digas debe tener un remate

Cuando determinas tu primera línea, debes cuidar el hilo que te lleve hasta la última. Los primeros segundos de tu presentación generan una promesa; la promesa de que vale la pena -y mi tiempo- al escucharte.

Andrew Stanton, director, escritor, productor y una de las mentes detrás de Pixar, explica en su TedTalk “Las claves de una gran historia”, como es que los humanos nos sentimos atraídos hacia aquello que hace falta completar; necesitamos concluir, resolver acertijos, terminar frases.

El remate es el impacto final de tu presentación. ¿Has visto alguna película o serie en la que al ver “The End” gritas ¡¡Qué no termine!!? ¿Te quedaste con ganas de más? ¿te dejó un misterio sin resolver?

1. Termina con un “call to action”, una petición o una indicación que genere en tu audiencia la necesidad de decirte “quiero hacer algo”, “tengo algo que aportar”. 2. Puedes terminar también con alguna pregunta retórica que los deje con el ojo cuadrado y reflexionando. 3. Y por último, puedes terminar con una historia relacionada con el inicio de tu presentación; de esta manera generas una “atmósfera circular”, en la que terminas donde empiezas, y al mismo tiempo creas un nuevo punto de partida. Esto logrará que tu audiencia recuerde tu presentación mucho tiempo después.

¿Te gusta cuando entras a una tienda y un vendedor no te deja ni respirar? (a mí no) porque no queremos que nos vendan, lo que deseamos es sentirnos bienvenidos. Lo mismo pasa con las presentaciones, más que sentirnos convencidos, queremos sentirnos inspirados.

Si puedes enviar un mensaje a través de una presentación, dale voz a historias que sumen y construyan; que necesiten ser escuchadas. Habla de aquello que te mueve. No tengas miedo a revelar el corazón de tu historia, de tu marca y de tus propósitos. Contemos historias positivas y propositivas; convirtamos nuestras historias en experiencias compartidas (este es mi “call to action” para ti).

La importancia del storytelling propio


Cuando acabes esta entrada, no me digas que no te avisé de que esto ocurriría: La historia que te voy a contar hoy puede cambiarte la vida. Es la historia de una heroína que comenzó con poco, la de una villana que se reinventó a sí misma. Es la historia de una mujer con alma de artista, de una coleccionista de cuentos, de la niña de los mil miedos que acabó por lanzarse en paracaídas. Esta historia puede ser la tuya y es también la mía.

Mi pasado solo es interesante en tanto en cuanto perfila ciertos aspectos del presente de esta historia. Aclarado este aspecto, valga comentar: una chica de pueblo, para lo bueno y lo malo; un puñado de problemas de los complicados; cuatro hermanos, padre y madre, dos perros. Todo bien hasta que un día, sin entrar mucho, todo mal. Todo un lío: enredos, oscuridad, música de violín roto. Espacios, puntos seguidos, frases sin mucha chicha.

De ahí al presente. El presente de esta historia tiene colores y texturas, raramente blanco o negro. Todo bien y todo mal son conceptos que aquí suenan muy lejos. Días mejores, regulares; raramente malos. Alguno. La protagonista de esta historia lleva capa y desayuna gachas de avena. Convierte sus aventuras en novelas, camina entre rascacielos con un paraguas trasparente para no perder nunca la vista de lo que pasa arriba.

Podríamos seguir, pero el espacio aprieta. Como en mi narrativa de vida mando yo, así sin mucha transición ni cambio de pendiente mi protagonista se encuentra de un salto en el capítulo veinte, donde al mirar el reloj de su móvil se encuentra con una verdad sorprendente: son las doce de la noche del 28 de septiembre de 2020. Ese año se han cumplido muchos de sus grandes sueños, que me disculparéis que no comparta porque ya os dije que soy de pueblo y conservo con orgullo mis muchas supersticiones.

De aquí fundimos al negro. El resto es mío, a partir de ahora os hablo de cómo construir —y aún mejor, de para qué— vuestra propia historia.

 

¿Para qué escribir tu historia?

Esta historia de aquí arriba es mía. De nadie más. Esta historia es mía y solo mía. Yo la he vivido y la he escrito: yo la he pulido, la he masticado, la he procesado y reescrito hasta que acabó por encajar con la parte de mí que no se sentía reflejada en mis otras narrativas. No hay nada que sea estrictamente incierto en ella y tampoco nada que esté contado de manera literal. Esta es la manera que escojo de narrar mi vida. Pero hay otras mil posibilidades y solo tú puedes escoger la tuya.

La protagonista de mi propia historia aprende de sus errores, crece tras los desencuentros. Ayuda a otras personas porque siempre —siempre nunca es buena palabra en psicología; igual nunca no lo es tampoco— recuerda lo mucho que le debe al resto de los personajes que explícita o implícitamente influyeron en la dirección de su propio cuento. Para mi historia he elegido una protagonista activa y proactiva, que toma sus propias decisiones incluso cuando eso supone asumir la completa responsabilidad de las equivocaciones que ha cometido.

Como narradora, decido cuál es el siguiente capítulo que quiero escribir en mi vida. Ningún protagonista de ningún buen libro pasa del primer acto al último sin haber sufrido un proceso de transformación, sin haber hecho acopio de una serie de recursos que acaban por modificar su manera de enfrentar los nuevos eventos, su forma de responder a los nuevos reveses que siempre —cualquier buen narrador sabe sobre este siempre— acabará por traerle la vida.

La historia que nos contamos a nosotras mismas y al mundo define nuestra identidad, nuestras creencias de quiénes somos y de quiénes podemos ser.  El hecho de que yo me repita una y otra vez que por ciertos traumas en mi infancia tengo tendencia a ser de esta manera u otra; la idea de que algunas de mis limitaciones tienen una base genética y, por ende, inmutable. El creer que alguien como yo solo puede formar en el futuro parte de ciertos escenarios y no otros, gozar solo de cierta cantidad de éxito. Piénsalo. Ese proceso de reelaboración de la memoria es un proceso que todos sufrimos de manera consciente o inconsciente: todos masticamos, maquillamos, escondemos bajo la alfombra y pretendemos haber olvidado cuando en el fondo sabemos que no lo hemos hecho.

Los que escribimos ficción, lo sabemos: «El arte es una mentira que nos acerca a la verdad». No lo digo yo, es de Picasso.

También Pessoa lo expresó a su forma en uno de mis poemas favoritos del mundo mundial, que tiene por nombre Psicografía (qué nombre para esta entrada, ¿no?):

El poeta es un fingidor
que finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que de veras siente.

Y cuantos leen lo que escribe,
en el dolor leído sienten,
no los dolores que tuvo,
sino el que ellos no tienen.

Y así va por los raíles,
por engañar la razón,
ese trencito de cuerda
que se llama corazón.


El foco de nuestro trabajo personal debe siempre ser el HUECO:

Voy a explicarte lo que es el hueco. El hueco es ese espacio entre el yo presente y el yo ideal en el que el coaching siempre trabaja.
Ese hueco, esa interferencia entre lo de ahora y la posibilidad de lo de después es lo que el coaching persigue en sus objetivos. Hay múltiples maneras de abordar ese abismo, de minimizar esa interferencia y reducir el hueco entre quién eres y quién quieres ser, una de ellas es el uso de técnicas provenientes del coaching narrativo.

El uso de esta narrativa —los cuentos, la ficción propia— te invita a mirar tu vida con ojos de contadora de historias y descubrir cómo nuestras propias narrativas internas se despliegan ante nuestro futuro.

Sam Keen decía que cualquier proceso terapéutico debería de tener como objetivo implícito el «perder la identidad», y es de ahí de donde parte el proceso de reconstrucción que conlleva este trabajo:

  • ¿Cuál es el personaje principal que he construido?
  • ¿En qué trama narrativa estoy metida?
  • ¿De qué recursos dispone mi protagonista para superar los obstáculos con los que se encuentra en el capítulo presente?
  • ¿Cuáles son los patrones de repetición con los que se encuentra mi personaje en su vida?
  • ¿Qué narración inconsciente —qué pensamientos limitantes, qué creencia implícita— los sostiene?
«Aquello que todas las personas tienen en común es su originalidad. Cada persona tiene un cuento que contar. Eso es lo que hace a una persona y define su viaje a lo largo de su vida». Sam Keen

A través de la escritura de nuestra vida pasada, presente y futura, podemos:

  • Abrirle las puertas a nuestra capacidad de crear nuevas realidades
  • Reactualizar los mitos inconscientes sobre nuestra infancia y nuestra familia, sobre nuestros miedos más oscuros, sobre los nudos más complejos
  • Recuperar nuestra capacidad para ser observadoras: analizadoras de datos, científicas en busca de pruebas y evidencias para constatar nuestra propia epistemología
  • Dejar de sostenernos en una narrativa que nos justifique ante el mundo y ante nosotras
  • Explorar nuevas opciones y nuevas vías: probarnos una nueva piel con la que sentirnos más cómodas
  • Crear nuevas tramas que nos pongan en el camino de la felicidad y la posibilidad
  • Construir nuevas metáforas y nuevos cuentos que nos pongan en sintonía con aquello que tanto anhelamos

 

«El propósito es comprender que la perspectiva del protagonista deja a la vista oportunidades de acción que estaban ocultas» Kofman.

Los cuentos y  las metáforas se han usado desde siempre en contextos terapéuticos y filosóficos con el foco puesto tanto en el autodescubrimiento como en la oportunidad de cambio.

La narrativa de vida, que desde otras perspectivas de Psicología más moderna se ha venido a conceptualizar como los contenidos del yo, recoge una tradición milenaria de la que somos parte todos y cada uno de nosotros: Los humanos aprendemos con historias, siempre lo hemos hecho. Solíamos reunirnos alrededor del fuego hace algunos cientos de años; leemos cuentos a los niños en la cama para familiarizarlos con las moralejas, con la causa y el efecto, con comportamientos adecuados y los que no lo son tanto. Ya de adultos consumimos ficción —leemos, vemos películas, series; vamos al ballet y a la ópera, al teatro— y, a través de ella, interiorizamos el aprendizaje de nuevos modelos.

La propuesta

Creemos que las cosas que nos sucedieron en el pasado se registraron en nuestra mente en forma de hechos objetivos de la vida, pero nada más lejos. La realidad es que lo que permanece en la memoria es una reinterpretación de aquello que ocurrió: con partes agrandadas, partes empequeñecidas y otras, directamente, borradas. Esta interpretación puede resignificarse con el tiempo ya que está en permanente construcción, y es a eso a lo que hoy te invito.

Raimond Carver dijo muchas cosas interesantes, y esta es una de ellas: Tu personaje no eres tú, pero tú sí eres tu personaje.

«Tu personaje no eres tú, pero tú sí eres tu personaje» Raimond Carver.

 Vamos, escribe tu historia pasada, presente y futura (sí, también futura) en dos partes:

La primera:

Trata de escribir tu historia desde que naciste tal y como tú la sientes. Presta especial atención a:

  • Los puntos de inflexión de tu propia historia
  • Los personajes principales que tienen importancia para el desarrollo de la acción
  • Los motivos que mueven la historia de un lugar a otro
  • Las consecuencias de ciertas acciones
  • Describe un futuro que resulte consecuente con la evolución presente de tu protagonista. Ese futuro debe estar en consonancia con los comportamientos de tu protagonista (si nunca has corrido media milla y tu protagonista no muestra interés en estas cosas, es poco plausible que tu protagonista acabe por participar en un triatlón). Piensa a donde llegará la protagonista si sigue recorriendo el camino presente.

La segunda:

Tu segunda historia debe partir de la realidad, pero te voy a pedir que la cuentes desde un punto de vista diferente. Si en tu primera historia fuiste la víctima de algunas de las circunstancias, prueba esta vez a reescribir ciertos pasajes de forma que recuperes cierto poder. Aquí, presta atención a:

  • Qué aprende tu protagonista tras los reveses de la vida
  • Qué recursos descubre que tiene para afrontarlos
  • Qué cambios hace que la lleven por nuevos caminos que desea
  • Qué se dice a sí misma cuando piensa que no hay salida
  • Su futuro debe recoger la materizalización de todo lo anterior: los logros deben estar en sintonía con sus valores, con su esfuerzo, con su capacidad emocional para aceptar las cosas buenas que le trae la vida. Este futuro es el resultado de haber movilizado ciertos recursos que ha empezado a identificar en el presente y que van a llevarla a convertirse en la heroína de su propia vida.

Una vez escritas ambas historias, estas son las cosas en las que te debes fijar:

  • ¿Cómo te sientes en relación con la protagonista de tu propia historia en el ejercicio número 1? ¿Te sientes de manera diferente con respecto a la segunda historia? Sé todo lo explícita que puedas en tu respuesta.
  • ¿Tu protagonista es víctima de sus circunstancias o tiene el poder de cambiar algunas cosas? ¿Es eso algo que cambia de la primera a la segunda historia?
  • Analiza todos los recursos que tiene tu protagonista en la primera historia y en la segunda a nivel social, intelectual. A nivel de experiencia vital, laboral, emocional. ¿Hace un uso diferente de esos recursos la protagonista de tu segunda historia?
  • Busca patrones: ¿hay ciertas emociones que predominan?, ¿conductas que se repiten?
  • Si es el caso, sígueles la pista. Traza la emoción o la conducta hacia atrás en el tiempo y reflexiona, ¿cuál fue el desencadenante? ¿qué hizo que comenzara; hubo algo que hizo que frenara?
  • Analiza el HUECO: ¿Cuál es la principal diferencia entre la protagonista de tu primera historia y la protagonista de tu segunda historia? ¿Qué tiene la segunda que no tiene la primera? ¿Qué recursos ha movilizado para conseguir ese futuro que no podría tener la protagonista de la primera?

«Somos cuentos de cuentos, contando cuentos, nada»  Fernando Pessoa.

De allí donde pones el foco de tu atención surgen tus creencias. Acordate, las creencias crean. Las creencias forman hábitos, y esos hábitos mueven tu historia en una dirección o en otra. Asegurate de hacer bien conscientes tus creencias y estarás en mucha mejor posición de escribir con éxito el siguiente capítulo de tu propio cuento.

Cuando comenzamos hoy la entrada, te avisé de algo: la historia que hoy te iba a contar podía cambiarte la vida. Ahora ya lo sabes: esa historia puede ser la tuya y a través de ella puedes, literalmente, convertirte en la heroína de tu propia narrativa ante tus ojos y los del mundo.


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Discurso audiovisual con perspectiva de género

FEMICIDIO

 

El femicidio es el asesinato cometido por un varón hacia una mujer a quien considera de su propiedad. Es la forma más extrema de la violencia contra las mujeres y tiene su origen en las relaciones desiguales de poder establecidas por el patriarcado, tal como vimos anteriormente. 

Si bien la mayoría de los femicidios se dan en contextos de violencia doméstica, lo que distingue al femicidio es que se trata de mujeres asesinadas por el hecho de ser mujeres, tanto en el ámbito privado como en el público. Por ejemplo, en casos de violación seguida de muerte, donde el hecho de ser mujer es un factor clave, es un femicidio. 

Es importante aclarar que no toda muerte violenta de una mujer es un femicidio. Así, el asesinato de una mujer en ocasión de robo no constituye un femicidio.

La violencia psicológica es transversal a las distintas modalidades y tipos de violencia tipificadas en la Ley 26485.

Los varones no son sujetos protegidos por la Ley 26485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en los que desarrollen sus relaciones interpersonales.
Es decir, la violencia hacia los varones no es violencia de género en los términos de la Ley 26485.
El sujeto de protección de la Ley 26485 son las mujeres (no las familias) contra toda forma de violencia que se ejerza tanto en el ámbito privado como en el ámbito público, dado que forman parte de un grupo que históricamente sufrió violencias y discriminación.

Pensar con lentes violetas: Deconstruyendo el patriarcado

Lenguaje y Patriarcado: cómplices para delinquir


Una de las expresiones fundamentales de la cultura es el lenguaje. La relación lenguaje-cultura, ha sido estudiada desde principios del siglo veinte. 

Vivimos en el marco de la cultura patriarcal, la única que conocemos y que nos ha estructurado desde hace miles de años. Esta cultura se amolda y adquiere características específicas en cada región del mundo, en cada grupo social y hasta en cada familia y persona.

Sin embargo, la cultura patriarcal también nos ha dado los recursos para decodificarla; desde la teoría de género y el feminismo, ha sido posible comprender que esta larga tradición de dominación masculina, apoyada en diferencias, no es natural y ha construido desigualdades que podemos ir cambiando a favor de una vida justa para todas las personas.

Comprender la relación entre el lenguaje y la cultura patriarcal es crucial para el avance de la sociedad, ya que los conceptos implicados responden a fenómenos profundamente representativos de nuestra condición humana. Porque creamos cultura, nos convertimos en personas. Y fue ahí mismo que inventamos el lenguaje que, a su vez, es expresión de esa cultura.

Lenguaje y cultura patriarcal son dos conceptos que debemos considerar en conjunto.

Partimos de que el lenguaje expresa la cultura patriarcal/androcéntrica en la que se ha gestado y desarrollado; comparte ese sistema de valores donde el hombre es la única medida de todas las cosas y el punto de vista masculino prevale sobre cualquier otra visión de la realidad. Lo que se plasma en una convivencia social que supone la invisibilización, minimización, subordinación e inferiorización de todas las posibilidades de ser personas que impliquen rupturas en la cosmovisión androcéntrica, como son las personas con identidad de género distinta a la masculina, entre ellas las mujeres.

La manera en que las personas utilizan la lengua legitima esta realidad y la recrea en una dinámica circular de flujo constante entre cultura patriarcal-lenguaje. Por medio de la lengua, y particularmente del discurso, se crea y se comparte la cosmovisión del mundo. De ahí, podemos afirmar que el androcentrismo es parte del sistema lingüístico, entendiendo que la lengua es un sistema de signos cuya génesis es social y que en ella también se ven marcadas nuestras relaciones políticas tanto por medio de las decisiones lingüísticas al hablar y escribir como por las instituciones que se relacionan con la lengua, tales como la Real Academia Española -RAE

En la primera mitad del siglo XX y, principalmente desde la antropología y la lingüística, se empezó a identificar la manera que asumía el lenguaje en la cultura patriarcal desde las formas de comunicación de cada uno de los sexos. Durante este período se habló de bilingüismo -como si el habla de hombres y mujeres fuera tan distinta que se tratara de otra lengua- y de lenguaje de las mujeres.

Muchos de los trabajos de ese momento constataron cómo las mujeres de algunos grupos aborígenes estaban excluidas de hablar el lenguaje que los sacerdotes utilizaban en actos rituales (por lo tanto estaban excluidas del conocimiento de lo sacro), o cómo el lenguaje del grupo originario se dejaba únicamente a las mujeres cuando emergía en la comunidad la nueva lengua del grupo conquistador, al tiempo que se describían, en esos estudios, los impedimentos lingüísticos que tenían las mujeres, como el de pronunciar los nombres de todos los varones pertenecientes a la familia de sus esposos, en grupos particulares.

Son experiencias que podemos sentir lejanas en el tiempo y el espacio por tratarse de distintos grupos de habitantes de las Pequeñas Antillas en el Caribe estudiadas a principios del siglo XX. Sin embargo, podríamos acercar esa experiencia a través, principalmente, de dos hilos conductores que nos aportaron esos estudios. Uno es el descubrimiento de una “codificación sexual” en la lengua, como lo señala Patricia Violi (1991); el segundo es la constatación de que el lenguaje es un asunto de poder, asume los códigos convenientes al grupo de más poder en las comunidades, inclusive en su estructura (Violi P., 1991). En el caso de las comunidades antillanas vemos cómo el lenguaje expresaba el lugar subordinado de las mujeres.

De hecho, en el contexto costarricense, un ejemplo que nos acerca a la información anterior lo tenemos en el Teatro Nacional. Su arquitectura da cuenta, en su segundo piso, de la cosmovisión del momento en que fue creado: dos salas servían para separar el espacio donde hombres y mujeres hablaban, pues temas como la política no debían ser comentados por mujeres. En este caso, observamos el poder sobre lo que se puede o no se puede decir (Foucault, 2002) ejercido sobre las mujeres. De tal modo que está claro que la exclusión en el habla afecta nuestra cultura y que hace parte de la discriminación de género que cruza épocas y regiones.

En la década de los setenta y los ochenta, emergieron la sociolingüística y la lingüística feminista. Desde esas disciplinas, múltiples estudios revelaron con mayor profundidad la vinculación del lenguaje, en los tiempos modernos, con la cultura patriarcal, y la manera como ésta imprime su concepción discriminatoria hacia la mujer en los códigos que lo facilitan. También, y esto es fundamental en nuestra hipótesis, revelaron rasgos comunes de las culturas estudiadas y, entre éstos está la existencia de un sistema de creencias (ideología) y su expresión en el lenguaje que explícitamente devalúa a las mujeres y lo considerado femenino (Facio, 2005).

Una de las estrategias particulares, y de las más conocidas, tiene relación con expresiones que muestran un lenguaje genérico (género no marcado) supuestamente neutro, que nos representa a ambos sexos (Calvo, 2016). Estas y otras formas de lenguaje tendrían como orientación la perpetuación del statu quo con la correspondiente reproducción de los estereotipos y roles de género; su principal consecuencia es la subordinación, minimización e invisibilización de las mujeres y lo femenino, así como su aporte a la sociedad:

El lenguaje no es neutro, no solo porque quien habla deja en su discurso huellas de su propia enunciación, revelando así su presencia subjetiva, sino también porque la lengua inscribe y simboliza en el interior de su misma estructura la diferencia sexual, de forma ya jerarquizada y orientada (Violi P. , 1991, pág. 36)

Concluimos que siendo el lenguaje una práctica social variable y compleja, el sesgo machista se ve inscrito profundamente en la manera en que lo utilizamos y en algunas normas que se establecen con respecto a su uso, especialmente desde actores políticos que lo regulan. Dicho sesgo se encuentra tanto en el lenguaje oral, académico o coloquial, como en el lenguaje escrito institucional en las diferentes instancias y espacios que se generan en la comunidad universitaria.

Ni mujeres privadas ni mujeres públicas: lo personal es político María-Milagros Rivera Garretas.


Introducción

En la historia y en la política corrientes, hay una imagen muy socorrida para interpretar y explicar las diferencias evidentes entre la experiencia humana femenina y la masculina. Es la imagen de la “esfera pública y la esfera privada”. Se dice que la historia y la política de los hombres se desenvuelven en la esfera pública, la más visible e importante, mientras que la de las mujeres se quedaría reducida a la invisibilidad relativa de lo privado. Esta imagen se sigue utilizando hoy sin crítica, a pesar de que las mujeres estamos presentes en todos los sitios de la llamada esfera pública en los que deseamos estar; y a pesar de que hace ya muchos años –en 1935-, la gran antropóloga que fue Margaret Mead escribió con ironía: “Hagan lo que hagan los hombres, aunque sea vestir muñecos para una ceremonia, ello aparece dotado de mayor valor”. Con esta frase, Margaret Mead ridiculizó la supuesta importancia de lo público, señalando que a lo que se daba relevancia era, en realidad, a lo que los hombres hicieran, fuera esto lo que fuera.

Para intentar desentrañar los intereses creados que sostienen la dicotomía o antinomia público/privado, la historiadora Gerda Lerner estudió sus orígenes, y descubrió que esta antinomia del pensamiento existe desde los orígenes del patriarcado, siendo funcional a él. Lo cual quiere decir que es una imagen explicativa de la historia y de la política que está menos al servicio de la verdad que del interés de algunos –y, ocasionalmente, de algunas- por sostener ese sistema histórico de dominio de los hombres sobre las mujeres. Demostró que ha sido fundamental al patriarcado la división de las mujeres en privadas y públicas, siendo estas últimas las prostitutas: mujeres que, como tantos hombres públicos, aunque muchísimo menos libremente que ellos, intercambian ser por dinero.

¿Cómo hemos sido divididas las mujeres en privadas y públicas? Carole Pateman, en su tesis doctoral titulada El contrato sexual, descubrió que en la base de las sociedades patriarcales ha habido o hay un pacto fundador que es, en realidad, anterior al que hasta ahora se creía que fundaba las sociedades humanas, y que Jean-Jacques Roussseau denominó en el siglo XVIII el contrato social. El verdadero pacto fundador era el contrato sexual, que consiste en un pacto no pacífico entre hombres heterosexuales para distribuirse entre ellos el acceso al cuerpo femenino fértil.

Por eso, en las relaciones sociales patriarcales las mujeres entramos con un lastre que genera desigualdad. Pero, afortunadamente, el patriarcado no ha ocupado nunca la realidad entera ni, tampoco, la vida entera de una mujer. Porque lo social es discontinuo, no es sinónimo de lo histórico sino que se refiere a una parte de lo histórico, la que está intervenida por relaciones de poder y de dominio. Por eso, pudo escribir G.F.W. Hegel en el siglo XIX que “lo femenino es la eterna ironía de la comunidad”. Esto quiere decir que lo femenino que excede y desborda al patriarcado pone en ridículo la pretendida universalidad de este.

La dicotomía público/privado ayuda, pues, a explicar una parte de la historia de las mujeres –es decir, de la historia-: esta parte es su explotación por los hombres, su sufrimiento, su rabia ante los estereotipos de género femenino, consecuencia todo ello de la desigualdad entre los sexos. Pero no sirve para explicar verdaderamente la experiencia humana femenina en su conjunto, en su unidad infragmentable.

La diferencia sexual en la Historia

La dicotomía público/privado fue desarticulada por el movimiento político de las mujeres del último tercio del siglo XX con un grito repetido incansablemente en los grupos de autoconciencia, en las octavillas, en las publicaciones, en la calle...: “lo personal es político”. Fue desarticulada porque es una dicotomía que persigue, implacable, la vidade las mujeres, a pesar de que las mujeres apen as nos reconocemos en ella. Porque las mujeres discurrimos libremente y sin jerarquías de valores entre los dos polos de la dicotomía, entre la casa y la calle, entre la mesa de la cocina–en la que algunas han escrito obras maestras- y la universidad, entre un amor  y otro, entre el jardín y la administración del estado. En realidad, la parousía genuina, la auténtica aparición pública del ser humano, no es propiamente la de la televisión o las portadas de los periódicos, sino que es la que cada niña o niño hace al salir del cuerpo de su madre en el momento de nacer, irrumpiendo en el mundo.

Es muy interesante notar que la invención simbólica “lo personal es político” no se limitó a invertir la vieja dicotomía diciendo “lo privado es público”. Por eso es un auténtico hallazgo de sentido: no se limita a invertir los términos de la antinomia, como haría una revolución, sino que se sitúa en un lugar más allá, casi imprevisto, que es el lugar de la libertad.

Lo personal no es, sin embargo, inmediatamente político: en cada circunstancia histórica es necesario encontrar las mediaciones que hagan, de lo personal, algo político. Los reality shows, por ejemplo, aunque sean descaradamente personales, tienen poco o muy poco sentido político, de manera que hay que repetirlos hasta la saciedad, como si en ellos se buscara desesperadamente algo que nuestro mundo necesita y no encuentra. Lo que buscamos es precisamente la mediación que haga de lo personal algo político aquí y ahora, en el contexto relacional presente. Es esa mediación o mediaciones lo que nos hace libres, rompiendo el mecanismo terrible de la repetición.

Una mediación es algo que pone en relación dos cosas que antes no estaban en relación. Como hace el entredós uniendo dos piezas de tela hasta entonces separadas, y creando así algo nuevo. Los textos de la marquesa Dhuoda, de la canonesa Hrotsvitha de Gandersheimy de la reina Isabel I  de Castilla que he presentado, son ejemplos de mediaciones históricas que, cada una en su contexto relacional concreto, lograron hacer de lo personal, político.

Dhuoda encontró en la escritura de un libro para la educación de sus hijos Guillermo y Bernardo, la mediación que le puso de nuevo en relación a ella con los niños, cuando estos le fueron arrebatados por el padre, que se los llevó a la corte carolingia para servirse de ellos en sus luchas de poder. De esta manera, el libro medió entre ella y la corte imperial, entre su amor más íntimo y personal y lo que los hombres de su clase social –la aristocracia- entendían por político. Dándole así, a la política, otro tono y otro sentido: un sentido amoroso, no violento. Dhuoda escribe como madre que muestra a sus hijos, entre metáforas de juegos de dados y de espejos, un ejemplo a seguir en cuyo núcleo está el cuidado de la relación, de la espiritualidad y de la vida, no la guerra. El ejemplo que Dhuoda propone a sus hijos es una instancia de otra política, política que en el feminismo llamamos algunas o muchas la política de las mujeres.

Hrotsvitha, con la ironía en la que fue maestra, pone al descubierto, en  el siglo X, las entrañas del patriarcado y del contrato sexual que lo sustenta: el emperador Adriano reconoce muy seriamente –mientras la autora, que fue experta en la carcajada, se ríe de él-, que el Estado corre peligro si las mujeres casadas desprecian a sus maridos hasta el punto de negarse a comer con ellos y a acostarse en su cama: es decir, si las casadas se liberan de la heterosexualidad obligatoria (no de la libre, que también existe). La mediación que Hrotsvitha encontró para hacer, de lo más personal de la relación mujer-hombre, algo político, es la palabra, la palabra predicada, dicha en alto y de viva voz por las calles, la palabra acertada y necesaria en ese momento histórico, siendo la calle el espacio público y común por antonomasia.

La preocupación de Isabel I por la salud de su consejera y camarera Juana de Mendoza hace que irrumpa en la Historia el mundo de las cortes femeninas del siglo XV. Estas cortes o casas reales se movían en un régimen propio de intercambio; un régimen de intercambio que era el del don, apenas medido o significado por el dinero. Las damas de la corte no recibían habitualmente salarios en dinero, como los caballeros de la corte, sino que recibían regalos de la reina: regalos en forma de telas, por ejemplo, o de joyas, prendas de vestir, libros de horas u otros objetos de valor. Este régimen de intercambio favorecía la atención a cada relación singular y necesitaba de la confianza. Por tanto, el ambiente se parecía mucho a las relaciones que se entablan en casa, en lo privado. Pero, a un tiempo, todo lo que en la corte ocurría tenía enorme trascendencia política. La medievalista Bethany Aram ha mostrado incluso, en un libro espléndido dedicado a La reina Juana-un libro que es, por fin, una obra histórica y no legendaria sobre la llamada Juana la Loca-, que las casas reales o cortes de los siglos XV y XVI fueron el principal significante de la capacidad de gobernar de una o un monarca: si la reina o la princesa no lograba –como le ocurrió a Juana I de Castilla- gobernar su casa(y su marido Felipe el Hermoso, mientras vivió, se lo puso dificilísimo), ello quería decir que su pueblo desconfiaría de su capacidad de gobernar el país. Lo político dependía, pues, de lo personal, el gobierno del Estado dependía del funcionamiento de la casa.

Lo que las mujeres logramos cuando encontramos las mediaciones para que lo personal sea político, es entablar relaciones de confianza entre lo que en el momento es entendido como político y lo que quedaba fuera de ello, o sea, lo otro, la alteridad, o un fragmento de ella: alteridad que irrumpe, en primer lugar, en las casas y en la vida personal de una madre o, en menor medida, de un padre, cuando una mujer da a luz una criatura. Con frecuencia, lo otro es lo femenino libre, que apremia por venir al mundo en el contexto histórico de que se trate.

Indicaciones didácticas

A veces, en la historia de Occidente, lo otro, la alteridad, se encarna en ciertos grupos humanos, que pueden ser el pueblo judío o morisco o gitano, por ejemplo. Hoy se encarna en las extranjeras, en los extranjeros inmigrantes. Hrotsvitha representó, en el siglo X, la alteridad como lo femenino libre llevado al Imperio romano por una mujer extranjera (advena mulier) llamada Sabiduría, que llega a Roma con algo distinto que decir, y lo predica públicamente.

Puede ser útil comparar en clase el texto de Hrotsvitha de Gandersheimen Sapientia con un fragmento de la obra La Tumba de Antígona, de María Zambrano (1904-1991). Ambas –Antígona y María Zambrano- vivieron, en sus experiencias de extranjeridad o de exilio, el sufrimiento terrible de no poder dar, de que no fuera acogido lo que ellas llevaban y eran; o sea, experimentaron la pérdida de existencia simbólica que trae consigo la tolerancia; porque la tolerancia respeta democráticamente pero no acoge, no se abre al intercambio amoroso. En otras palabras, ellas sufrieron el verse convertidas, en el país de llegada, en un otro del que no se quiere recibir nada, un otro al que se niega, así, sustancia política. Escribió María Zambrano:

"Como yo, en exilio todos sin darse cuenta han fundado una ciudad y otra. Ninguna ciudad ha nacido como un árbol. Todas han sido fundadas un día por alguien que viene de lejos. Un rey quizá, un rey-mendigo arrojado de su patria y que ninguna otra patria quiere, como iba mi padre, conducido por mis ojos que miraban y miraban sin descubrir la ciudad del destino, donde estaba nuestro hueco esperándonos. Y yo sabía ya, al entrar en una ciudad, por muy piadosos que fueran sus habitantes, por muy benévola la sonrisa de su rey, sabía yo bien que no nos darían la llave de nuestra casa. Nunca nadie se acercó diciéndonos, “ésta es la llave de vuestra casa, no tenéis mas que entrar”. Hubo gentes que nos abrieron su puerta y nos sentaron a su mesa, y nos ofrecieron agasajo, y aún más. Éramos huéspedes, invitados. Ni siquiera fuimos acogidos en ninguna de ellas como lo que éramos, mendigos, náufragos que la tempestad arroja a una playa como un desecho, que es a la vez un tesoro. Nadie quiso saber qué íbamos pidiendo. Creían que íbamos pidiendo porque nos daban muchas cosas, nos colmaban de dones, nos cubrían, como para no vernos, con su generosidad. Pero nosotros no pedíamos eso, pedíamos que nos dejaran dar. Porque llevábamos algo que allí, allá, donde fuera, no tenían; algo que no tienen los habitantes de ninguna ciudad, los establecidos; algo que solamente tiene el que ha sido arrancado de raíz, el errante, el que se encuentra un día sin nada bajo el cielo y sin tierra; el que ha sentido el peso del cielo sin tierra que lo sostenga".