Yo era llamativa. Muy alta, muy blanca, ojos claros, bien proporcionada. Siempre que salia a la calle un coro de piropos de todo tenor me rodeaba. Caminando, en el colectivo...
En las fiestas la cosa cambiaba. Eran los llamados "asaltos" en los que cada chica llevaba comida y los varones la bebida. Pero yo ya había pegado el estirón y los varones no. Yo pedía "traigan amigos más altos!" pero no era fácil conseguir. Y encima después fui la "puta"...
Cambiarme de colegio costó mucho porque mis progenitores no querían, pero me llevé 8 materias, una por cada año de calvario con las monjas y me pasaron a uno laico. Y mixto. Y ahí cambió la historia.
El primer día de clases con el pelo atado y vincha (era obligatorio decían pero después descubrí que no) me senté en el único pupitre vacío que encontré y que por suerte tenía muy buena ubicación: al fondo cerca de la pùerta. Mi compañera de banco se llamaba Silvia y resultó ser....la puta del colegio. Me habían desplazado por fin!
Y Silvia Emilse merece un capítulo aparte. Lamento haber perdido contacto con ella. Conocí mucho más de lo que estaba a la vista. Conocí otra soledad.
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