viernes, 2 de septiembre de 2022

Ningún patriarcón hará la revolución Reflexiones sobre las relaciones entre capitalismo y patriarcado 1 Rita Segatò

 Desigualdad y patriarcado: una perspectiva histórica

En una perspectiva histórica, es posible pensar que el patriarcado es la forma más arcaica y fundante de la desigualdad. Solo al comprender ese papel fundante, basal, del orden patriarcal en relación con todos los órdenes desiguales, es decir, cuando percibimos que se trata de la fundación de la estructura y primera pedagogía de toda desigualdad, podremos comprender por qué hoy en día las fuerzas conservadoras que custodian el proyecto histórico del capital y el valor supremo de su teología, la meta de la acumulación-concentración, vuelven con tanto empeño a colocar el patrón patriarcal en el centro de su plataforma política. Solo de esa forma se hace inteligible la furiosa reacción fundamentalista que estamos testimoniando. ¿En qué baso esta afirmación del carácter arcaico del patriarcado? En que una gran cantidad de pueblos narran en sus mitos de origen un evento en que la mujer comete un delito, una falta o indisciplina y es punida, sometida y conyugalizada; narran un acto de disciplinamiento de la primera mujer por una ley masculina. La variante occidental, judeocristiana, de este relato es el Génesis bíblico, en el que el castigo a Eva por su acto de desobediencia es el paso inicial del camino humano, mediante la imposición de una ley emanada de un principio patriarcal. El mito adánico muestra una estructura que se repite en una gran variedad de pueblos de los cinco continentes. Por ejemplo, se encuentra en los pueblos Onas, Piaroas, Xerentes, Massai, Baruya, etc. Varían las formas de falta o desobediencia de las mujeres que estos mitos relatan, así como las formas de castigo que consignan, pero el relato de fondo es el mismo, parece estar referido a una guerra arcaica en que la mujer y su cuerpo-territorio acaban siendo tomados, sometidos y expropiados de su soberanía. 

Se trata, por lo tanto, de una fórmula mítica cuya difusión universal comprueba su gran profundidad histórica, pues permite afirmar su proveniencia de un tiempo remoto, anterior a la dispersión humana y posiblemente coetánea con el proceso mismo de la especiación. Es imposible saber si esos mitos fundacionales de la reducción de la mujer a una posición disciplinada y secundarizada proceden del periodo de salida del neolítico, como ha sugerido el ideólogo kurdo Abdullah Öcalan, o son propios del proceso mismo de la especiación, o sea, de la transformación de una subordinación biológica resultante de la envergadura corporal y de la agresividad, mayores en los machos homínidos, a una subordinación de orden político en la especie Sapiens sapiens, requiriendo entonces de una narrativa – como es el mito – para fundamentar las razones de la dominación. Sabemos que esa dominación no es natural, justamente porque necesita una narrativa. Si se tratara del resultado de nuestras características anatómicas, de nuestra biología, no se haría necesaria una narrativa para legitimar y normar la subordinación femenina.

Podríamos entonces entender este mito como el relato del desenlace y la secuela de una primera guerra, que resulta en la primera reducción de una parte de la humanidad a una posición de subordinación; la primera conquista, en la que el cuerpo de las mujeres pasa a ser la primera colonia. Es fundacional, ya que esa posición subordinada como consecuencia del ‘error femenino’ y de la necesidad del castigo, y la sujeción de las mujeres en razón de ese error es un mito que se reproduce diariamente. Lo vemos aparecer en cualquier lugar y a toda hora, en la calle, en las familias y en nuestra propia subjetivación, cuando ingresamos al espacio público con inseguridad y aprehensivas de si pasaremos el examen moral que el ojo público nos impone. Esta es la reproducción diaria, la réplica diaria de ese mito basal. La extraordinaria profundidad histórica de la desigualdad de género hace que no sea posible considerar el patriarcado como una ‘cultura’. La expresión ‘cultura patriarcal’ no es adecuada. El patriarcado es un orden político, el orden político más arcaico, que se presenta enmascarado bajo un discurso moral y religioso. Pero es un orden político y no otra cosa. Superarlo significará finalmente ultrapasar la era que he llamado “prehistoria patriarcal de la humanidad” (Segato, 2003). En ese largo tiempo, la inflexión colonial impuso un giro, una torsión importante a las relaciones de género del mundo comunal de nuestro continente, transformando la estructura dual propia del mundo precolonial en la estructura binaria del orden colonial-moderno. Lo que en la organización dual del mundo comunal era, y en algunos sitios sigue siendo, el espacio de las tareas masculinas, uno entre dos, se transforma en el mundo binario en una esfera pública englobante, totalizante. El ‘hombre’” con minúscula del orden comunal se transforma en el ‘Hombre’ con mayúscula, sinónimo y epítome de Humanidad. Por otro lado, el correlato de este proceso de binarización es la transformación del espacio doméstico comunal, poblado por muchas presencias y dotado de una politicidad propia, en íntimo y privado, despojado de su politicidad. La posición femenina decae abruptamente, transformándose en residual y expulsada del reino de lo público y político. En la colonial-modernidad, la mujer pasa a ser el otro del hombre, así como el negro es reducido a la posición de otro del blanco por el patrón racista, y las sexualidades disidentes se tornan en el otro de la sexualidad heteronormada. La modernidad inventa la norma y la normalidad, y reduce la diferencia a anomalía.

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