Pensar en los efectos nos sirve para comenzar a comprender el rasgo constitutivo que tiene el grupo homosocial en la producción de la identidad masculina en nuestras sociedades, y las consecuencias posibles de una educación sentimental vinculada a la violencia y la demostración de potencia constante.
Esos primeros espacios de socialización en la construcción identitaria masculina, donde existen acciones reprimidas, castigadas y corregidas por el propio grupo, moldean nuestros parámetros de entendimiento respecto a lo que es “ser varón”. Esas prácticas, además, van de la mano con aquellas que son impulsadas por la misma dinámica grupal, en las que muchas veces los varones deben hacer determinadas cosas para seguir perteneciendo, casi como ritual obligatorio.
Muchas veces, estas condiciones están ligadas a las actividades colectivas que se comparten, como practicar algún deporte o salir a determinados boliches los fines de semana. Pero en otros casos, esa participación tiene que ver con ejercer violencias hacia las mujeres o entre pares, como pueden ser los abusos sexuales en manada o los rituales de peleas grupales.
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