El cuidado y el control como formas de ejercer el poder.
Las tareas de cuidado, limitadas al territorio de lo privado y lo doméstico, han sido asignadas históricamente a las mujeres. Sin embargo, las prácticas que comprenden al cuidado en términos de “protección” se han convertido en un mandato de la masculinidad hegemónica, reforzando el lugar de fortaleza y de sacrificio como demostración de poder para la sociedad.
Parte de los mandatos de la masculinidad hegemónica tienen que ver con ser garantes de la protección de personas vulneradas (principalmente mujeres, niñas y niños). A su vez, esta responsabilidad es leída muchas veces como la habilitación directa para ejercer la dominación sobre las mismas personas que debería resguardar, utilizando mecanismos de control que aseguren la dependencia absoluta y la necesidad de tener “un hombre al lado”.
Esta forma de ejercer el poder se reproduce fuertemente en los espacios intrafamiliares, donde la figura paterna cumple ese rol de protección, mientras que el cuidado y la crianza es llevado adelante por la figura femenina. La reducción de las responsabilidades paternas a la simple condición de “protector” es uno de los factores por los que la desigualdad de género, en la figura de la “familia ideal” (la familia cis hetero sexual), se sigue profundizando a lo largo de la historia.
Es notable y muy visible la transformación que ha habido respecto a la ocupación del espacio público para las mujeres, quienes han modificado incluso el sentido común sobre sus deberes y obligaciones en el ámbito laboral.
Sin embargo, la actividad doméstica y el cuidado de niñas y niños sigue siendo mayor mente responsabilidad de las mujeres, quienes trabajan afuera de la casa y vuelven a ella para continuar estas tareas, dejando su tiempo de ocio como última posibilidad. Además, es importante mencionar que estas tareas no suelen tener una retribución económica, por lo que se valora aún menos que un trabajo con remuneración.
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